Tendemos a pensar que una tarjeta SD o una microSD es una especie de disco duro o contenedor tan estanco como eterno, pero la realidad es que es mucho más frágil de lo que creemos. De hecho, además de que no son para siempre, podría decirse que nacen con una vida limitada.
Cada vez que guardas una fotografía, borras un vídeo o formateas la tarjeta para volver a usarla, estás consumiendo la vida útil de sus componentes internos. Y nada tiene que ver con fallos en su fabricación, sino simplemente con una limitación física de la tecnología NAND Flash que, tarde o temprano, hará que tu tarjeta sea ilegible, e incluso se lleve tus datos por delante.
Ciclos P/E
A diferencia de los antiguos discos duros mecánicos que usaban magnetismo, las tarjetas SD almacenan la información atrapando electrones en una estructura llamada puerta flotante. Este proceso se rige por los denominados ciclos de escritura y borrado (P/E o Program/Erase cycles).
Cada celda de memoria de una tarjeta SD tiene un límite físico de cuántas veces puede ser escrita y borrada antes de que la capa aislante de óxido se degrade de forma irreversible. Una tarjeta de consumo estándar suele soportar entre 3.000 y 5.000 ciclos de escritura. Parece mucho, pero en dispositivos que graban vídeo en 4K o cámaras de vigilancia que reescriben datos constantemente, este límite se alcanza mucho más rápido de lo que imaginamos.
Incluso si no usas la tarjeta y la guardas en un cajón, tus datos corren peligro. Existe un fenómeno conocido como degradación de la carga. Con el tiempo, los electrones atrapados en las celdas empiezan a escaparse debido a la imperfección del aislamiento. Si dejas una tarjeta SD sin conectar a la corriente durante un par de años, es muy probable que, al volver a insertarla, el sistema operativo te pida formatearla porque los datos se han corrompido. La memoria flash necesita refrescarse eléctricamente de forma periódica para mantener la coherencia de la información.

Cómo saber si tu tarjeta va a fallar
El mayor problema de estas memorias es que no suelen avisar como lo hacía un disco duro al chasquear. Sin embargo, hay señales de alerta que un ojo experto puede identificar antes del desastre total. El síntoma más claro es la ralentización extrema en la transferencia de archivos, ya que cuando el controlador interno de la tarjeta detecta que una celda está fallando, intenta mover esos datos a otra celda sana, lo que consume tiempo y recursos del sistema.