
Nos están repitiendo por activa y por pasiva que dentro de no tanto nos sustituirán las máquinas. A ti, a mí, a todo el mundo. Lo suelen decir con una sonrisa personas con cuentas bancarias de nueve cifras para las que es una buena noticia que el ser humano pase a ser espectador de su propia decadencia. Al menos nos queda el consuelo, de que en pleno tardocapitalismo, con el sistema derrumbándose desde sus propios cimientos, genios como Park Chan-Wook están aprovechando para lanzar su OPA hostil contra quedarse atrás, el progreso, los señores con cuentas bancarias amplias y las reglas no escritas del cine de prestigio.
No es Parko en palabras
Es fácil comparar ‘No hay otra opción’ con ‘Parásitos’, y no son pocos los que se han subido en el carro de afirmar que redunda en los temas que nos proponía Bong Joon-Ho en aquella: es abiertamente anti-capitalista, es coreana y nos muestra que la necesidad de dinero saca nuestra peor parte. Claro, que, salvo por su nacionalidad, se podría decir lo mismo de cientos de películas, que comparten entre sí tan solo una reflexión sobre el signo de los tiempos. La película que nos ocupa difiere en tono, ideas, acercamiento al tema e incluso conclusiones con ‘Parásitos’, convirtiéndola en una película igual de interesante que, si acaso, puede ser complementaria a aquella.
Cogiendo como material original la novela ‘The Ax’, que ya fue adaptada en su momento por Costa-Gavras en la notable ‘Arcadia’, el autor coreano la lleva a su terreno, aumentando el humor negro y regalándonos, por el camino, un final absolutamente demoledor que reflexiona sobre la actualidad de forma tan somera como dolorosa. ‘No hay otra opción’ no solo nos ofrece el retrato de un hombre frustrado, desesperado y luchando contra su propia desaparición laboral y vital, sino que también nos hace el retrato robot de sus competidores en una industria decadente que luchan (o no) por seguir en pie: una banda de personas destinadas a no existir acariciando los logros que en el pasado les dieron la falsa ilusión de ser alguien.
Lo que podría haber sido una simple comedia más negra que el carbón acaba teniendo resultados hilarantes (por momentos, al menos), pero también deja lugar a varias capas de debate y se toma su tiempo a la hora de crear personajes que tengan, incluso pese a su extremismo, razones en firme para sus acciones, por aparentemente descabelladas que estas sean. Lo hace, además, con unos encuadres fantásticos, que no por ser marca de la casa (ahí están ‘Decision to leave’, ‘La doncella’ o ‘Old boy’ para demostrarlo) debemos dejar de destacar: puras obras de artesanía fílmica que reivindican, reflexionando sobre sí misma, el trabajo de un autor tras las cámaras.
El vals del obrero
Pero no quiero llamar a la confusión: ‘No hay otra opción’ es, dentro del cine de autor más incontestable, una película igualmente apetecible y disfrutable por el público general. Es fácil acercarse a este título desde cualquier ángulo, y hará gozar tanto al ojo experto que quiera disfrutar el detalle de cada plano y unas transiciones absolutamente arrebatadoras, como al casual que tan solo quiera divertirse con una comedia dramática digna de un buen cubo de palomitas. De alguna manera, Chan-Wook ha conjugado ambas maneras de ver el cine en estas dos horas y veinte de absoluto disfrute. El hecho de que los Óscar la hayan ignorado (personalmente creo que, pese a ser la película más necesaria de 2026, debería haber tomado el lugar de ‘La voz de Hind’) no debería hacer que se os pasara por alto en cartelera.
‘No hay otra opción’ conjuga la comedia con el drama y la crítica social, y, lejos de patinar en su abrumadora ambición, lo hace con una perfección clínica, propia del genio que la dirige. Sus movimientos de cámara limpios y naturales, la utilización del color como representación de los sentimientos de su protagonista, los detalles de la familia que evitan convertirles en simple contexto para el protagonista, los escenarios complejos y definidos con todo lujo de detalles… Es, a todas luces, una película majestuosa visualmente que no se queda atrás en ninguno de sus ámbitos. Al final Chan-Wook hace un doloroso guiño (más que una reivindicación, una aceptación) a la llegada de la IA, pero durante todo el metraje demuestra la vibrante necesidad de tener una persona real tras cada paso del camino. Es lo único que puede hacernos seguir adelante.
En una era donde la mayoría de cineastas se limitan a reivindicar un «eat the rich» algo pusilánime y que ya suena a mil veces visto, Chan-Wook va más allá, poniendo el foco no solo en el privilegio, sino también en una sociedad podrida en la que la amoralidad se justifica si lleva a beneficios y donde el «ande yo caliente y ríase la gente» se toma por bandera global. Y si para ello hay que tirar una maceta en la cabeza de un competidor o pegarle un par de tiros a un rival fracasado, pues qué le vamos a hacer. Ley de vida. Para triunfar no hay otra opción.
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La noticia
‘No hay otra opción’ no es la nueva ‘Parásitos’, pero sí es igual de buena. Park Chan-Wook demuestra su genialidad yendo más allá del simple anticapitalismo
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Espinof
por
Randy Meeks
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