Hoy en día, todos tenemos interiorizado el acto reflejo de llegar a un hotel, un centro comercial, un aeropuerto o una cafetería y buscar inmediatamente el cartel con la contraseña de la red inalámbrica. Sin embargo, ese acceso a internet etiquetado como gratuito suele tener un coste del que no nos damos cuenta, y que tiene que ver directamente con nuestra privacidad.
El problema, en este sentido, no está solo en los ya conocidos ciberataques, donde un pirata informático intenta robar tus contraseñas en una red abierta. El verdadero peligro diario es el rastreo comercial, algo que, por desgracia, está a la orden del día.
Cómo funcionan las redes gratuitas
Cada dispositivo con capacidad para conectarse a internet, tanto un móvil como un reloj o un portátil, tiene grabado en su chip de red un identificador único e imborrable, que es diferente a cualquier otro que exista en el mundo. Este código alfanumérico se conoce técnicamente como dirección MAC.
El Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE) advierte frecuentemente sobre los perfiles comerciales que se crean a través de estas redes abiertas. Cuando entras en un gran centro comercial y te conectas a su red para buscar una tienda, o incluso si llevas el Wi-Fi activado sin llegar a conectarte formalmente, los sensores del recinto registran tu dirección MAC.
Al cruzar estos datos, las empresas de marketing obtienen un perfil exacto de tu comportamiento. Saben que el «usuario con la matrícula 8A:3B:…» visita el centro comercial todos los martes a las seis de la tarde, que se detiene durante veinte minutos frente al escaparate del Fnac, que entra en La Casa del Libro y que luego sube a la zona de restauración. Todo el registro de movimientos se almacena, se analiza y, en muchos casos, se vende a terceros para bombardearte posteriormente con publicidad personalizada en tus redes sociales.