Primer plano de un guerrero samurái con casco tradicional, representando la imponente presencia de Miyamoto Musashi.

Parece que Capcom ha decidido soplar el polvo de uno de sus tesoros más preciados que llevaba décadas guardado en el desván. Tras veinte años de silencio absoluto, la franquicia Onimusha vuelve a la carga con una propuesta que intenta equilibrar la nostalgia de los 128 bits con las exigencias técnicas y jugables de la generación actual, demostrando que aún hay combustible para más historias de samuráis y demonios.

Este nuevo título no es un simple lavado de cara, sino un reinicio inteligente que permite a cualquier jugador sumergirse en este universo sin haber tocado los juegos originales. Se siente como un soplo de aire fresco que, aunque mantiene el espíritu de la lucha contra los Genma, se atreve a modernizar sus mecánicas para que no se sienta como una pieza de museo, sino como un juego de acción competitivo y vibrante.

Un nuevo camino: Miyamoto Musashi y la trama

Vista panorámica de la Pagoda Yasaka y la arquitectura tradicional de Kioto, el centro neurálgico del juego.

En esta ocasión, el destino nos pone en la piel de Miyamoto Musashi, un guerrero impetuoso y algo fanfarrón que llega a Kioto con ganas de demostrar que es el mejor con la espada. Para darle un toque de leyenda, Capcom ha utilizado la imagen del icónico actor Toshiro Mifune, logrando que el protagonista tenga una presencia imponente y cinematográfica. La historia nos sitúa en el periodo Edo, donde la capital japonesa ha sido corrompida por una niebla maligna llamada miasma, abriendo la puerta a que los Genma, engendros del inframundo, siembren el caos.

Aunque el argumento sigue la línea clásica del bien contra el mal y no profundiza demasiado en giros narrativos complejos, el carisma de los personajes es lo que realmente sostiene el peso de la trama. Musashi evoluciona a lo largo de la aventura, pasando de ser un samurái algo torpe y presumido a un guerrero más maduro, todo ello acompañado de diálogos con toques de humor que alivian la tensión de los momentos más lúgubres y terroríficos.

El arte del combate y el poder del Guantelete Oni

Detalle de una katana japonesa afilada, simbolizando el arte del combate y el camino de la espada.

El núcleo del juego es, sin duda, el sistema de combate. No nos encontramos ante un hack and slash donde pulsar botones al azar sea la clave, sino ante una experiencia táctica que requiere sangre fría y mucha observación. La mecánica estrella es el desvío de ataques o parry; si bloqueas justo en el momento preciso, puedes debilitar la resistencia del enemigo para ejecutar el temido Break Issen, un golpe letal que desmiembra a los Genma o inflige un daño masivo a los jefes.

  • Almas Amarillas: Se encargan de recuperar la salud del jugador durante las refriegas.
  • Almas Rojas: Son la moneda de cambio para adquirir mejoras y potenciar el equipo.
  • Almas Azules: Permiten activar los Armamentos Oni, armas especiales devastadoras para situaciones críticas.

Para gestionar todo esto, Musashi porta el legendario Guantelete Oni, un artefacto místico que no solo absorbe almas, sino que otorga la capacidad de activar la Visión Oni para localizar amenazas ocultas. Es fundamental dominar el baile de los movimientos, ya que el juego castiga los errores con severidad, obligando al jugador a adoptar una postura defensiva contra los rivales más fuertes y una ofensiva contra los básicos.

Exploración entre la linealidad y la libertad de Kioto

Sendero oscuro y místico en un bosque japonés, evocando la atmósfera opresiva de la niebla miasma.

La estructura del juego es curiosa. Por un lado, tenemos zonas lineales llenas de acción y algunos puzles anecdóticos donde el objetivo es avanzar y limpiar el camino de monstruos. Por otro lado, el juego implementa un centro neurálgico semiabierto recreando la ciudad de Kioto. En este espacio, Musashi puede aceptar encargos de los ciudadanos, cerrar grietas dimensionales que funcionan como arenas de combate y buscar cofres con materiales valiosos.

Este componente de rol ligero es vital, ya que permite mejorar la vitalidad y el ataque de Musashi a través de amuletos y mejoras en el equipo. Si el jugador ignora estas tareas secundarias, es muy probable que se encuentre con picos de dificultad insoportables al enfrentarse a los jefes finales. Aunque algunos puedan sentir que la estancia en Kioto alarga la duración del juego artificialmente, sirve como un respiro necesario entre las intensas misiones lineales.

Potencia técnica y despliegue visual

Silueta de un samurái con espada al atardecer, capturando la esencia legendaria y cinematográfica del título.

El uso del RE Engine es, sencillamente, espectacular. El juego presume de escenarios detalladísimos, desde bosques neblinosos hasta palacios en ruinas, logrando una atmósfera lúgubre y opresiva que recuerda a los mejores momentos de Resident Evil. Las cinemáticas están tan cuidadas que a veces la línea entre el vídeo y el gameplay se difumina, gracias a un trabajo de captura de movimiento realizado con espadachines reales para que cada tajo se sienta auténtico.

En cuanto al rendimiento, el título ofrece opciones de calidad y rendimiento, soportando hasta 120 Hz en pantallas compatibles. En versiones como la de PS5 Pro, el ray-tracing y los 60 fps hacen que la experiencia sea fluida y visualmente impactante, aprovechando además el altavoz del mando DualSense para sumergir más al jugador en el entorno. El apartado sonoro, con instrumentos tradicionales japoneses, termina de redondear una propuesta técnica sobresaliente.

Esta entrega consigue rescatar una licencia dormida transformándola en un espectáculo de acción moderno que no intenta ser un Soulslike, aunque herede algunas de sus tensiones. Con una duración que ronda las 20 o 30 horas y un despliegue técnico envidiable, Capcom ha logrado que el regreso de Musashi sea un éxito rotundo, devolviendo el prestigio a una saga que muchos creían perdida y dejando el camino abierto para futuras aventuras en el Japón feudal.

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