Cuando terminamos las clases o la jornada de trabajo, solemos cerrar la tapa del portátil, meterlo en la funda y guardarlo en la mochila. Hasta ahí todo puede ir más o menos bien, pero si al sacarlo en casa vemos que está muy caliente y los ventiladores suenan a máxima potencia, comienzan los problemas.

La batería que dejaste a un 60 o 70 %, se ha agotado por completo, y no es por un fallo de hardware del portátil, ni porque necesariamente esté averiado.

Modo Standby

Hace años, cerrar la tapa activaba el estado de suspensión clásico, un modo en el que el sistema cortaba la energía de casi todos los componentes, manteniendo solo la memoria RAM activa para encender rápidamente al abrirlo. Era un sistema eficiente y, sobre todo, que mantenía el dispositivo frío. Sin embargo, la industria adoptó como estándar un nuevo modo standby o modo de baja energía.

Este cambió llegó con la idea de simular la experiencia de uso de los móviles, permitiendo que el portátil encienda al instante. El problema es que el precio a pagar es muy alto, ya que bajo este modo, al cerrar la tapa, el procesador sigue funcionando en segundo plano. El equipo mantiene activa la conexión Wi-Fi, descarga actualizaciones del sistema, sincroniza la bandeja de entrada del correo e indexa archivos. Y lo peor es que Windows suele fallar al intentar mantener el equipo en este estado, provocando picos de rendimiento injustificados.

Y si este proceso ocurre mientras lo llevamos en la mochila, un espacio hermético y sin flujo de aire, el calor generado por la placa base no tiene por dónde escapar. El equipo entra en una espiral de sobrecalentamiento, la batería de iones de litio sufre un estrés térmico intenso que recorta drásticamente su capacidad máxima de retención, e incluso existe un riesgo real de dañar la pantalla o los componentes internos a largo plazo.

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