Texto y fotos: Álex García

Hablar de bandas tributo siempre genera cierto sarpullido entre los sectores más puristas del rock. Ya sabéis a qué me refiero: esos señores de brazos cruzados al fondo de la sala que murmuran que «como el original no hay nada». Y tienen razón, para qué engañarnos. Pero cuando hablamos de The Australian Pink Floyd Show, hay que quitarse los prejuicios, guardar el cinismo en el cajón y prepararse para un viaje de primera clase. Lo del pasado 31 de marzo en Madrid no fue un simple concierto de versiones; fue una máquina del tiempo ajustada con precisión milimétrica.

Echando un vistazo a los asistentes antes del pitido inicial, la fauna era la esperada, pero con matices que alegran la vista. Padres intentando inocular el virus del buen rock progresivo a sus hijos adolescentes, veteranos luciendo camisetas de la gira del Division Bell del 94 que ya han perdido su color original, y mucho melómano de ceja arqueada dispuesto a examinar cada nota. El ambiente previo tenía esa electricidad contenida de las grandes citas, un murmullo impaciente que se ahogó de golpe en cuanto las luces se apagaron.

 

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A estas alturas, la maquinaria de los australianos es legendaria. No escatiman en láseres, proyecciones hipnóticas ni, por supuesto, en ese canguro gigante que ya es marca de la casa. Pero toda esa pirotecnia visual no serviría de nada si no hubiera un respeto reverencial por la música. Abrieron fuego con la majestuosidad marcial de «In the Flesh», y desde el primer acorde quedó claro que el sonido iba a ser brutal.

Casi sin darnos cuenta, nos sumergieron en la atmósfera de «Shine On You Crazy Diamond (Parts I-V)». Cerrar los ojos era transportarse directamente a los años 70; la réplica del tono de guitarra de Gilmour es, sencillamente, brujería. Tampoco pasaron por alto esa etapa de los noventa que algunos miopes musicales aún miran por encima del hombro, pero que esconde joyas imperecederas. Rescataron una luminosa «Take It Back» y la densidad de «What Do You Want From Me», sonando cristalinas y demostrando que el engranaje rítmico de este combo funciona como un auténtico reloj suizo. Los teclados, fundamentales para recrear esos paisajes sonoros etéreos del añorado Rick Wright, envolvieron el recinto como una espesa niebla británica.

La primera mitad del show fue un regalo para los sentidos, encadenando maravillas como «Time» y un «The Great Gig in the Sky» donde las coristas demostraron que tienen unos pulmones de acero, llevándose una de las ovaciones de la noche. El cierre del primer set, dedicado a The Wall, fue un bombardeo emocional que culminó con los coros de «Another Brick in the Wall» y la escalofriante «Goodbye Blue Sky».

Tras un breve descanso (que a ciertas edades ya se agradece para ir a la barra), la banda volvió a las tablas para rascar un poco más en el catálogo. Se acordaron del bueno de Syd Barrett con «See Emily Play», un guiño psicodélico que dio paso a la agresividad de «Sheep», demostrando que también saben sacar los colmillos cuando toca.

 

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Y si hablamos de actitud y de enseñar los dientes, el tramo central del segundo acto nos devolvió a la crudeza conceptual de su obra más ambiciosa. Enganchar la oscuridad opresiva de «Empty Spaces» con la lujuria descarnada y rockera de «Young Lust» fue un acierto absoluto. El trabajo vocal a la hora de emular la teatralidad y la rabia neurótica de Waters es digno de elogio. Consiguen que esa mala leche inherente al bajista original sobrevuele el escenario sin resultar nunca una caricatura forzada.

La segunda manga fue un carrusel de himnos indiscutibles. Escuchar «Hey You», «Have a Cigar» y «Wish You Were Here» del tirón es algo que te reconcilia con la vida. También hubo hueco para la etapa post-Waters, con una celebrada «Learning to Fly» y «On the Turning Away», antes de pisar el acelerador hacia el final con la lisérgica «One of These Days» y la siempre contundente «Run Like Hell», con el recinto bañado en luces estroboscópicas.

El bis, como mandan los cánones, estaba reservado para «Comfortably Numb». Ese solo de guitarra final, ejecutado bajo la bola de espejos, es patrimonio de la humanidad, y los australianos lo clonan con una devoción que asusta.

Salimos a la noche madrileña con la sensación de haber presenciado un espejismo perfecto. Puede que David Gilmour y Roger Waters sigan a la gresca, pero mientras The Australian Pink Floyd Show siga en la carretera, el legado de la banda voladora más grande de la historia está en las mejores manos posibles. Un espectáculo mastodóntico y necesario.

 

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AUSTRALIAN_19The post THE AUSTRALIAN PINK FLOYD first appeared on Solo-Rock.

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