Si tu móvil carga lento y te da una estimación de tiempo de carga demasiado elevada, lo más probable es que algo falle. Y no, no tienes que correr a descambiarlo, ya que no es la batería del terminal la que probablemente esté dando el fallo, sino el cable que usas para conectarlo al adaptador de corriente.
Sí, hablamos de ese cable blanco o negro que rescataste del fondo de un cajón o que compraste por dos euros en el bazar de la esquina.
Vivimos obsesionados con la potencia de los cargadores (que si 30 W, que si 120 W) y la capacidad de las baterías, como por ejemplo 5.000 mAh, pero solemos olvidarnos de la importancia que tiene el cable, que es el conducto por el que pasa la energía. Se suele creer que el cable no es más que eso, un cable, y que si el conector entra en el agujero (sea USB-C, Lightning o Micro-USB), debería funcionar igual. Pero nada más lejos de la realidad.
Según explican los expertos en hardware y los estándares de la USB-IF (USB Implementers Forum), el cable es, en el 90% de los casos, el eslabón más débil de la cadena que posibilita la carga. Usar un cable inadecuado te hará perder tiempo a la vez que podría incluso ser peligroso, tanto para ti como para el dispositivo.
No todos los cables USB-C son iguales
Por fuera, un cable USB-C de 3 euros comprado en una tienda de todo a cien parece idéntico a un cable Thunderbolt 4 de 40 euros. Tienen la misma forma, el mismo color y encajan igual, algo que podría haber sido diferente, sobre todo para identificar la calidad. Pero si los cortáramos por la mitad, veríamos que son totalmente diferentes.
La electricidad funciona como el agua en una tubería, por poner un ejemplo que todos vamos a entender. Si tienes una bomba de agua muy potente (en este caso sería el cargador), pero intentas pasar todo ese caudal por una pajita estrecha (el cable de mala calidad), el agua no pasará rápido. En términos técnicos, esto se mide por el grosor del hilo de cobre interno, conocido por la norma AWG (American Wire Gauge).
Los cables baratos utilizan hilos de cobre finísimos (un AWG alto, por ejemplo 28 o 30) para ahorrar costes. Estos hilos ofrecen mucha resistencia al paso de la electricidad. Si intentas meter 60 W de potencia por ahí, el cable se calienta y la energía se pierde. El móvil, en ese caso, detecta que la corriente no llega bien y, por seguridad, le dice al cargador que baje la potencia al mínimo, que suelen ser 5 o 10 W.

Cable de datos o de carga
Más allá del grosor del cobre, está la cuestión de que la carga rápida moderna (ya sea Power Delivery, Quick Charge o las propietarias de Xiaomi u OPPO) se basa en una conversación constante entre el cargador y el teléfono. Cuando los conectas, el móvil transmite la cantidad de vatios que es capaz de responder y el cargador hace lo mismo.
Pero para que esta conversación se dé, el cable necesita tener líneas de datos internas conectadas. Aquí está la trampa de los cables muy baratos: muchos son cables de solo carga, con dos pines de electricidad (positivo y negativo), pero sin cables o hilos de datos para ahorrar cobre.
Si el cable no tiene líneas de datos, el móvil y el cargador no pueden comunicarse. Como el cargador no recibe la información de si es un móvil con gran capacidad de carga o no, entrega la potencia mínima de carga estándar (5 voltios y 1 amperio) por seguridad.
Cómo saber si un cable de carga es bueno
- Grosor: Si es de calidad, será notablemente más rígido y grueso. Si el cable es tan fino y maleable como un hilo dental, es de muy baja calidad.
- Serigrafía: Los cables certificados suelen llevar grabado en el cabezal de plástico o metal la potencia que soportan.
- Chip E-Marker: Para potencias muy altas, el cable necesita llevar un pequeño chip en el conector llamado E-Marker, lo que garantiza su seguridad. Sin este chip, la mayoría de cargadores no pasarán de 60 W por precaución.